
TV, series, producciones

A RTVE le importa tres pepinos la Gala de los Goya. Un año más, la retransmisión de la entrega de los premios fue soporífera. Tanto en el aspecto visual como en el de contenidos.
Desconozco cuánto tiempo tuvo el realizador de la misma para prepararla, pero me cuesta creer que no fueron suficientes días para elegir mejores tiros de cámara. En una gala que, prácticamente, ha prescindido de incluir gags en el guión de los actores que entregan premios, lo único que puede interesar (al margen de lo inspirado que esté o no, el Corbacho de turno) es el nombre del ganador y el vestido de los que suben al escenario. Lo primero (gracias a esa absurda decisión de no emitir en directo la Gala) carecía de emoción si uno decidía hurgar en cualquier diario digital. A las 23:16, elpais.es informaba que Alberto San Juan se había hecho con el galardón al mejor actor. A las 0'05 sucedía en TVE.
Quedaba sólo el glamour. Y no lo pudimos ver. Las entradas por los laterales del escenario eran captadas por cámaras situadas en su mismo ángulo de cobertura. No veíamos de frente a los actores hasta que se situaban delante del atril. Tal vez ( y es sólo una idea de las muchas que se me ocurren), recurriendo a la eng que seguía a los premiados desde sus butacas hasta el escenario, hubiéramos tenido una entrega más vistosa. Y no lo digo ya por una cuestión de moda. La penosa realización nos privó de momentos tan emotivos como los abrazos de Miguel Rellán y José Sacristán a Alfredo Landa, cuándo este recibía su Goya de Honor. Lo vimos a distancia, lejos, intentado adivinar que és lo que ocurría en el escenario. Porque en nuestras pantallas, un plano general nos enseñaba las espaldas (mal iluminadas) de algunos de los asistentes. Algo tan absurdo como el uso que se hizo de la cámara cenital. Pequeñas panorámicas que ni enseñaban caras conocidas ni acababan su recorrido. Por otro lado, me cuesta encontrar un adjetivo para calificar la continua confusión que tenían con los hermanos Bayona.
Tres horas insípidas con seis pausas publicitarias. La gran oportunidad perdida. ¿Por qué no apostar por una programación especial? ¿Por qué no estar en directo captando la llegada de todos los artistas? ¿Por que dejar ese cometido para los bufones de España Directo, incapaces de hacer una pregunta interesante? ¿Por qué no entrevistar a los premiados en el backstage? ¿Por qué no montar un plató con críticos y gente de cine? Todo tiene la misma respuesta y es la primera frase de este post. De hecho la misma RTVE lo sintetizaba en una promo de su espacio cinematográfico de la noche de los domingos. El que dicen que dedican al mejor cine. Y en el que fue imposible ver el rostro de ningún actor español.
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